El debate del velo en España

Este es un tema sobre el que se quiere pasar de puntillas en nuestro país, cerrando los ojos. Primero, sin abrir un debate y segundo, sin establecer una normativa clara, tanto sobre la utilización de los llamados signos religiosos, cuanto para otros usos diferenciales que se amparan en el supuesto respeto a diversas culturas. Recientemente el asunto ha vuelto a saltar a la palestra con respecto al caso de la niña marroquí en Gerona, al que según la normativa del centro educativo se le prohibió el uso del hiyab, para a continuación ser revocado este acuerdo por orden de la Generalitat catalana, que lo admitió, considerando que debía prevalecer el derecho a la enseñanza. Pero maticemos, nadie pone en tela de juicio el derecho a la enseñanza, la cuestión es que esa enseñanza debe basarse en los principios de igualdad y no discriminación, en los valores universales base de las sociedades democráticas, lo que implica que nadie, en virtud de sus creencias particulares puede reclamar un trato diferencial que ponga en entredicho tales principios. En España, los niños hasta los dieciséis años tienen el derecho y el deber de ser escolarizados y la igualdad entre hombres y mujeres está recogida en nuestra Constitución.
Existe mucha demagogia al respecto, en el caso que nos ocupa, la madre reconoció que llevar el velo era una opción de la niña, que su cultura no lo juzga necesario antes de la adolescencia. ¿La voluntad de una niña de ocho años puede socavar todo un sistema de valores del país al que llega? Por otro lado, el padre afirmaba: “ya estábamos dispuestos a volvernos a Marruecos por esta situación”. Pues bien, seamos claros: si ustedes no están dispuestos a aceptar las normas del país que los acoge, deben volverse al suyo, así de simple. Los inmigrantes que llegan a otra nación deben saber que no pueden pretender trasladar sus costumbres, creando guetos, sino que se les exige una lealtad constitucional, la misma que garantiza sus derechos e integración en pie de igualdad con el resto de los ciudadanos. El respeto a la diferencia no puede implicar la diferencia de derechos.
El pañuelo islámico no es un mero uso indumentario, sino un símbolo, una marca étnica que discrimina a aquellas que lo portan, un signo de sumisión y pudor, manifestación de una cultura represiva que ve a la mujer como un ser inferior, cuya anatomía puede inducir al pecado. La mujer velada garantiza el honor del varón, la convierte en algo que pertenece primero al padre y posteriormente al esposo frente a las miradas de los otros hombres. Luego el problema está en ellos, no en las mujeres, ellos deberían caminar con los ojos vendados, si son incapaces de respetar el derecho al propio cuerpo que para sí exigen, hasta tal punto de prepotencia de reclamar la legitimidad de la poligamia.
El uso del pañuelo en la escuela es sólo el primer paso de una gradación de usos diferenciales que vienen a continuación: la negación a practicar gimnasia o natación, la exigencia de turnos separados entre chicos y chicas para diversas actividades, el rechazo a ciertos contenidos curriculares por considerarlos contrarios a su religión… Hablo de lo que está ya pasando en las escuelas europeas. La admisión del hiyab es sólo el comienzo. Recuerdo un valiente artículo de Alicia Miyares en el que como profesora reclamaba su derecho a la objeción de conciencia, a no impartir clase en aquellas aulas donde hubiera chicas con velo, ya que, lo que este representa, contradecía su postura moral en pro de la igualdad y de la emancipación de la mujer.
No podemos ser tolerantes con los intolerantes. Las sociedades occidentales no son más liberales por permitir las discriminaciones culturales, y en este caso, tienen la obligación de garantizar que las niñas, vengan de la cultura que vengan, puedan educarse en la libertad y la igualdad.
Existe mucha demagogia al respecto, en el caso que nos ocupa, la madre reconoció que llevar el velo era una opción de la niña, que su cultura no lo juzga necesario antes de la adolescencia. ¿La voluntad de una niña de ocho años puede socavar todo un sistema de valores del país al que llega? Por otro lado, el padre afirmaba: “ya estábamos dispuestos a volvernos a Marruecos por esta situación”. Pues bien, seamos claros: si ustedes no están dispuestos a aceptar las normas del país que los acoge, deben volverse al suyo, así de simple. Los inmigrantes que llegan a otra nación deben saber que no pueden pretender trasladar sus costumbres, creando guetos, sino que se les exige una lealtad constitucional, la misma que garantiza sus derechos e integración en pie de igualdad con el resto de los ciudadanos. El respeto a la diferencia no puede implicar la diferencia de derechos.
El pañuelo islámico no es un mero uso indumentario, sino un símbolo, una marca étnica que discrimina a aquellas que lo portan, un signo de sumisión y pudor, manifestación de una cultura represiva que ve a la mujer como un ser inferior, cuya anatomía puede inducir al pecado. La mujer velada garantiza el honor del varón, la convierte en algo que pertenece primero al padre y posteriormente al esposo frente a las miradas de los otros hombres. Luego el problema está en ellos, no en las mujeres, ellos deberían caminar con los ojos vendados, si son incapaces de respetar el derecho al propio cuerpo que para sí exigen, hasta tal punto de prepotencia de reclamar la legitimidad de la poligamia.
El uso del pañuelo en la escuela es sólo el primer paso de una gradación de usos diferenciales que vienen a continuación: la negación a practicar gimnasia o natación, la exigencia de turnos separados entre chicos y chicas para diversas actividades, el rechazo a ciertos contenidos curriculares por considerarlos contrarios a su religión… Hablo de lo que está ya pasando en las escuelas europeas. La admisión del hiyab es sólo el comienzo. Recuerdo un valiente artículo de Alicia Miyares en el que como profesora reclamaba su derecho a la objeción de conciencia, a no impartir clase en aquellas aulas donde hubiera chicas con velo, ya que, lo que este representa, contradecía su postura moral en pro de la igualdad y de la emancipación de la mujer.
No podemos ser tolerantes con los intolerantes. Las sociedades occidentales no son más liberales por permitir las discriminaciones culturales, y en este caso, tienen la obligación de garantizar que las niñas, vengan de la cultura que vengan, puedan educarse en la libertad y la igualdad.
15/10/2007 08:21
